jueves, 1 de septiembre de 2011

Estrellado.

Sin tregua se repiten una y otra vez en su cabeza; los sueños se reproducen con total fidelidad cada noche, él trata de dormir mientras aquellas imágenes lo persiguen hasta el punto de la locura. Lo traen de vuelta a la realidad cada vez que logra pegar el ojo, incluso esta noche, estrellada como ninguna, despierta atormentado, sudando y con la boca seca, se dirige a la sala, sirve una copa y contempla el cielo desde el balcón mientras aquella sonrisa le abre las puertas, se ve a si mismo años atrás, la siente a su lado, puede incluso sentir su aroma, ella sólo sonrie mientras su recuerdo lo arrastra hasta el borde. Puede verse ahora a lo lejos, enmarcado en rojo en un triste callejón cuando su alma brilla tenuemente en un cielo tan estrellado como el de esta noche.

martes, 12 de julio de 2011

Segunda Oportunidad.

Recordó como miraba fijamente la pantalla y leía con atención: ¡comparte algo en tu muro para que tus amigos lo vean! Y así lo hizo. Las personas que llegaron a visitarlo convocados por él mismo esa tarde leyeron en la pared de la habitación de la sala de estar: Nunca hubo una segunda oportunidad para mi... escrito con la sangre que cumpliera la función de tinta antes de abandonar completamente el cuerpo del hombre que bajo el horrendo letrero descansaría al fin.

lunes, 30 de mayo de 2011

Feliz Cumpleaños.

Es la misma sensación que se tiene cuando vas en tu carro y cruzas un largo túnel, en el momento en el que llegas al otro lado ves todo más brillante, más hermoso y quizá más claro. Así desperté esta mañana, he caminado a través de este pasaje oscuro por años, no recuerdo como llegué aquí ni por qué razón no di la vuelta cuando podía hacerlo. Caminé sin detenerme, confiando en que llegaría a un lugar mejor, más tranquilo. Apoyándome siempre en las personas que tenía a mi lado para continuar la marcha, adorando a mis amigos quienes jamás dejaron mi lado. Cada vez que me sentí derrotado, alguno de ellos se detuvo, extendió su mano y me ayudó a ponerme de nuevo en pie.

Ahora entiendo todo. Si los amigos existen para estar siempre a tu lado, es porque un amigo no es más que tu más cercano enemigo, alguien que sólo espera el momento de estrechar tu mano para halarte hacia él, darte una magistral voltereta y cuando al fin te tiene de espaldas, clavar la daga. Eso sí, cuando te vuelves, estará ahí mirándote mientras te revuelcas de dolor.

Pero basta ya de palabrería, hoy es un día especial, todo está arreglado para tu cumpleaños querido amigo, celebraremos por lo alto, tomaremos fotos, brindaremos mirándonos a los ojos como prometiendo lealtad eterna y tendremos enormes sonrisas en nuestras caras. Tardé un poco en organizar todo, ojalá te guste la decoración del lugar. Eso sí, espero no te moleste que el pastel no tenga ninguna vela, se las quité y me las amarré alrededor del pecho, son más de las que te gustaría contar y muchas más de las que podrías apagar tan sólo soplando.

¡Pero no te detengas! sopla muy fuerte, hazlo por mí, que sinceramente la ansiedad está matándome y ya no puedo esperar más para explotar de alegría.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Reencuentro.

Se ve todo tan tranquilo desde lo alto de este árbol que me parece que la gente es de juguete, son como muñecos que alguien mueve cuadro por cuadro de forma meticulosa y constante. Yo mientras los veo creo que la mejor forma de apreciar toda esta escena es con un cigarro en mi boca, así que enciendo uno y me recuesto a soñar despierto. De repente uno de los muñecos me produce un ahogo justo en el momento en que lo veo, eres tú, caminas sin detenerte, sólo vas por ahí como todos los demás y yo siento que me caigo de la maldita rama que me sostiene, la respiración a medias, el sudor en mi frente y el recuerdo de la última vez que te vi. Luces tal como aquella tarde en la que dejaste un adiós sin decir palabra mientras yo tengo la misma sensación de derrota e impotencia, te juro que vomitaría en este momento si al menos hubieras dejado algo vivo dentro de mí.

domingo, 27 de febrero de 2011

A medias.

Sus pupilas se dilataron, su pecho se inflamaba a un ritmo enloquecedor, su espalda sudaba y las gotas empapaban su vestido como si se tratara de un torrencial aguacero. Dejó caer su cabeza hacia atrás y trataba de enfocar los colores que aleatoriamente decoraban el techo cuando escuchó la voz de Rodolfo que entrecortada y suave le suplicaba: ¿No vas a terminar lo que empezaste? Ella respondió de la forma que él ya se esperaba; retiró el cuchillo de su pecho de un solo jalón y se alejó rápidamente dejando el trabajo a medias.

viernes, 25 de febrero de 2011

Odiosa despedida.

Miraba esa foto mental todos los días, recordaba con claridad el rojo en las mejillas y la ropa, el negro alrededor de los ojos; y mientras lo hacía su pecho se inflaba y su respiración se aceleraba, la rabia lo consumía un poco más, lo arrastraba con furia a un lugar sin retorno. Así creció, odiando con vehemencia al ser que le imprimió aquella imagen cuando sólo era un pequeño. Juró por su vida que algún día tendría en sus manos la venganza, aguardó sin realmente planear nada, le emocionaba pensar en ver sufrir aquel monstruo devorador de almas. Y cuando por fin el día llegó no pudo ser más inesperado, sentado en la sala de su casa, contemplando el techo mientras pensaba en su querida madre, suena el teléfono, él lo contesta y se empapa en llanto cuando una voz le dice: Tu padre acaba de morir de un ataque al corazón. El teléfono cae al suelo, las lágrimas lo siguen y un vomito tan negro como sus pensamientos sale de la boca del hombre al que ahora le deben una vida.

domingo, 2 de enero de 2011

A segundos de distancia.

Se supone que debo cumplir promesas ajenas. Lo intenté, eso es seguro, me dijeron que debía alejarme de ti, que no terminaría bien, pero ellos no saben nada, no tienen la más remota idea de todo el amor que te di, te entregué mi vida, mi alma entera te pertenece. Tuve que seguir su juego para poder salir de aquel lugar, parecían complacidos cuando crucé la salida, me dieron su consentimiento junto con un pedazo de papel firmado por ti.
Eso fue hace dos días, no puedo creer que me tarde tanto en llegar aquí, estás preciosa, duermes plácidamente en tu cama junto a él. Parecen felices aunque mis recuerdos me dicen que lo eras más conmigo; hace frío afuera y estoy cansado de verte a través de la ventana, quisiera entrar pero el peso que cargo en el bolsillo de mi pantalón casi no me deja moverme. Esta orden de restricción se quema muy lentamente, espérame, estamos a segundos de distancia de nuestra felicidad eterna.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Limpieza.

Apenas si se podía ver la mancha en el traje rojo del intruso que se coló anoche por mi chimenea, una lástima que el rastro que dejó en el piso no se quite, por más que limpio.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Por última vez.

Nos encontramos por primera vez cuando tenía doce años, me acuerdo que estabas con un tipo en el oscuro callejón detrás de la iglesia. Cuando te vi ahí quedé fascinado contigo, pero el hombre te tenía bien sujeta y no parecía querer compartirte, así que seguí mi camino tratando de no mirar atrás. Después de eso han pasado miles de cosas, recorrí este país caminando, buscando algo que no podía encontrar, soñando con llenar el vacío en el pecho, que en vez de desaparecer, se hacía más grande cada día. Pero una noche, mucho tiempo después de nuestro primer encuentro, volví a verte. Estabas sola y no perdí mi oportunidad para hacerte mía, como lo hubiera hecho si aquel sujeto no hubiera estado ahí esa noche hace tantos años. Desde entonces estamos juntos a toda hora, somos como uno solo, para donde voy, tú vas conmigo. Llenaste el vacío, has sido mi fuente de inspiración, sin ti no soy nada, simplemente un ridículo intento de un hombrecito desesperado. No entiendo por qué nuestra relación le molesta tanto a todo el mundo. Sí, es verdad, por ti rompí muchos corazones y promesas, hice llorar a tantas personas debido a mi obsesión contigo, pero, tú me haces feliz, me haces sentir como alguien mejor. Dejarte será lo más difícil que jamás haya hecho en mi vida, pero debo hacerlo, eso dicen mi familia y mi doctor. Así que, supongo es hora de tomarte entre mis dedos, dar la última bocanada y apagarte contra la suela de mi zapato por última vez.

jueves, 2 de diciembre de 2010

En colores.

Este bar no parece estar tan mal, la barra se ve medianamente limpia y no hay mucha gente. El barman me hace una mueca, como preguntándome qué deseo tomar. Me da igual, elegir el licor no es parte de mi plan. Es simple, tengo que tomar lo que sea en grandes cantidades, conocer alguna mujer y que una cosa lleve a la otra. Dejar que el alcohol haga lo suyo en ambos. Necesito desesperadamente borrar el sentimiento que llevo conmigo. Han pasado ya tres meses desde que conocí a Lucia y empecé a ver colores en todo lugar, una sonrisa que no se borra por más que trato, los bichos vomitando en mi estómago y esa ridícula sensación de vacío cada vez que ella no está cerca. Desde que la conocí no dejo de ver este maldito arcoíris que espero se desvanezca esta misma noche.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Reflejo.

Parado en la puerta de la cocina de mi casa, se ve la sala completa y parte del estudio, contra una de las paredes de la sala está el televisor, es de esos televisores viejos, nada complicado. Ahora mismo puedo ver mi reflejo si me inclino un poco, pero si me paro derecho, veo claramente la puerta que da a la calle. Me quedo contemplando por un par de minutos, debo sacudir las lágrimas de mis ojos para poder ver con claridad el momento en el que ella pase por ahí maleta en mano y cierre la puerta al salir.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Auto liberación.

Era aburrido contemplar el panorama que le brindaba el balcón de su lujoso apartamento, aun así lo hacía cada vez que podía. Detestaba ver la gente pasar y sentir el viento en su cara le repudiaba bastante. Sentía que era feliz en su encierro, de manera que lo evitaba y salía para recordar lo mucho que odiaba la libertad. Se pasaba los días pensando en una explicación razonable para la despedida de la persona que tanto amó; entonces, tomó la hoja con sus manos y atravesó su pecho mientras recordaba las últimas palabras que ella pronunció: "vete al infierno, infeliz". Al final le dio gusto en todo.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Sin regreso (II).

Tomó la libreta de la mesita de centro para redactar el orden del día, lo hacía cada mañana después de tomar el café; se sentaba a planear como sería todo y así mismo lo apuntaba. Sin embargo, esa mañana fue diferente, no escribió que a las diez y cuarto pasaría por la farmacia ni que a la una y media se sentaría en la cafetería para almorzar. Por el contrario, empezó a escribir sobre cosas que ya habían ocurrido. Escribía como a las seis y veinte, entre sueños la veía correr para llegar temprano a su trabajo y de como ella sonriendo le daba un beso en la frente antes de salir.

Mientras las letras llenaban el papel, él en su cabeza podía ver claramente todas las imágenes, las vivía nuevamente, hasta que la visión se hizo más y más borrosa a medida que la tinta en la libreta se corría por las lágrimas que caían sin detenerse. Cuando las luces se apagaron por completo, alzó la mirada y se vio sentado en medio de una sala vacía, recostado en una de las cuarenta cajas que habían sido llenadas la noche anterior con las cosas de la mujer que ya no volvería.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Promesa.

Finalmente José estaba feliz, sentado al borde del lago que tantos recuerdos le traía, como mariposas que se posaban en sus hombros a descansar un poco antes de continuar el vuelo. La memoria no lo traicionaba, sólo lo absorbía, las imágenes en su cabeza lo llevaban directo a la nostalgia, al enorme vacío que sintió durante tanto tiempo. Al tratar de mirar su reflejo en el agua, José veía claramente la angustia en los ojos de Raquel. Le había prometido que estaría para siempre junto a ella, y hasta ese día, había cumplido a cabalidad. El hombre miró a su derecha y encontró a su mujer tendida junto a él, de manera que extendió su mano y alcanzó el bolsillo en su falda, sacó una bolsita de maíz y lanzó unos cuantos granos al lago. Rápidamente llegaron los patos que con hambre voraz se disponían a comer los pedazos rojizos que José tomaba de la bolsa que reposaba sobre el inerte cuerpo de su amada Raquel.

viernes, 29 de octubre de 2010

Sin regreso.

Absolutamente consciente llevó a cabo su plan, revisó cada capítulo, se fijó en todos los escenarios posibles a los que lo llevaría su ya tomada decisión, pensó que no tenía nada que perder ya que nunca tuvo nada para dar. Después de su detallado análisis, se levantó del sillón, caminó hacía el cuarto, miró su propio reflejo en los ojos encharcados de la mujer que lo amó, dio media vuelta y salió de casa. Nunca más volvió a ese lugar, nunca más pudo hacerlo, ni siquiera cuando con todo su corazón lo quiso, trato inútilmente de mover las manecillas hacia atrás, lloró hasta no poder ver el pasado correr ante sus ojos nuevamente.

jueves, 21 de octubre de 2010

Hermandad.

El filtro rojizo no me deja ver más allá de tres pasos, aun así sigo caminando. Parece que camino cada vez más lento, sigo sin comprender del todo lo que acaba de pasar; no debió ser así, no esperaba nada cuando me abalancé sobre ti. Fui directo a mi perdición, sin pensarlo dos veces, estaba convencido de que esto sería lo último que haría, me sentía harto de que siempre me miraras con ese aire de superioridad. No podías evitarlo, nunca pudiste y ahora no te culpo, me pasé años enteros tratando de ser como tú, tratando de devolverte aquella mirada. Fracasé en cada intento y mi premio de consolación era siempre la sonrisa déspota en tu rostro y la lástima que reflejaban los ojos de ella. Ya no tengo idea de que haré cuando nos vea llegar juntos, estoy muy cerca de casa y me reviento los sesos por saber cómo explicarle a mamá que el bulto ensangrentado que cargo eres tú, aunque tal vez no tenga que pronunciar palabra, cuando ella vea la mueca imborrable en mi cara lo sabrá inmediatamente.

viernes, 15 de octubre de 2010

Distancia.

Esa vez no quería caminar, estaba cansado de seguir la misma ruta una y otra vez. Conocía de antemano los lugares que vería, la gente que se encontraría, las voces de fondo que le hicieran compañía en tantas ocasiones. Esa vez decidió tomar un taxi, escuchar la radio, mirar al conductor, preguntarle acerca de su vida y enterarse de la de los demás pasajeros que el taxista hubiese llevado la noche anterior. Al fin Javier respira hondo, sonríe complacido. Una nueva necesidad de cambio le invadió ese día, se dejó llevar por la sensación de libertad que nació después de propinarle una tremenda trompada al viejo Señor Jiménez quien no vio venir el derechazo mientras hablaba y hablaba de trabajo en equipo y miraba a sus empleados empinado desde el escalón que le daba su autoridad.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Espiral.

Luis mueve sus brazos descontroladamente, aferrándose a las delicadas manos de la pequeña Ana; trata con toda su fuerza de no dejarla ir, de no perderla para siempre en el profundo pozo al que ella con plena voluntad se lanzara segundos atrás. La niña le mira fijamente a los ojos encharcados y le regala una tierna sonrisa antes de dejar de luchar y caer inevitablemente. Luis llora sin remedio, grita, se estremece y maldice los cielos que esta tarde se han olvidado de él, como todas las tardes en las que el Doctor Sepúlveda detenidamente lo observa realizar los mismos movimientos en el aire a través de la pequeña ventana de la habitación 404 del pabellón de psiquiatría del hospital.

Sonrisa. (Relato ajeno II)

Poco a poco y de manera más exquisita cada día; extraía el veneno que antaño inundara su corazón, liberándolo en cada golpecito al teclado.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Cuarta avenida.

Sentado en el café de siempre, ese que quedaba en la cuarta avenida, esperaba pacientemente a que el encargado del lugar le trajera lo habitual; llegaría diez minutos después y en ese momento con un guiño complaciente del dueño, enciende un cigarro, da una fumada y se deja llevar por sus pensamientos.

- ¿Por qué tardará tanto? -Se dice a si mismo antes de aspirar el humo por segunda vez-.

Comienza a impacientarse, sin darse cuenta mueve su pierna derecha desesperadamente y al mismo tiempo da de golpecitos a la mesa con el anillo que lleva en su mano izquierda. Los sonidos se confunden y la bulla que genera molesta a los otros clientes, pero él no se detiene.

- Parece ser que hoy tampoco vendrá. -Afirma al apagar su cigarrillo directamente sobre la mesa-.

Se pone de pie entonces, camina hacia la salida y al pasar por el mostrador deja el dinero que debe, mira a los ojos al encargado y sin decir una sola palabra abandona el pequeño café. Todo se repite cada día, la misma escena, el mismo cigarro a medio fumar, la mesa quemada, el guiño complaciente y el hombre que sale sin emitir sonido. Rutina que desaparece esta tarde cuando al dejarse llevar por sus pensamientos no ve la figura que se le para enfrente y dice:

- ¿Has venido todos los días desde que me fui?

Al escuchar la voz, levanta la mirada y con brillo en sus ojos responde:

- Siete años, nueve meses y catorce días esperé para poder decirte lo poco que te extrañé.

martes, 21 de septiembre de 2010

Arpegio.

Sacudió el polvo de la guitarra que había olvidado en un rincón de su cuarto por años, se sentó en el viejo banco de terciopelo rojo, puso su querido instrumento sobre sus piernas y comenzó a recordar una época en la que era alguien diferente; la gente lo adoraba, gritaban su nombre al unísono, era el dios de un mundo que construía cada vez que se paraba frente a la multitud. En un parpadeo, el sepia de su memoria se torna borroso, las lágrimas no dejan de acariciar sus mejillas ni de mojar la madera, y las seis cuerdas que dejaron de ser sus mejores amigas después de aquel accidente en el que perdiera sus mágicas manos, suenan entonces caóticamente como tratando de perforar sus tímpanos.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Sin escribir.

Dejó su obsesión con escribir el día en el que se dio cuenta de que escribía acerca de él mismo escribiendo.

Espasmo.

Eduardo atravesó el pasillo de la casa con paso lento y seguro, sabía exactamente a donde se dirigía y también sabía que no había razón para apurarse. Dio siete pasos contados desde la entrada, se detuvo y abrió la cuarta puerta a mano derecha, entró en la habitación, se sentó en el escritorio, tomó su pluma, y en un papel arrugado escribió un adiós que las lágrimas que cayeron harían ilegible para la pequeña Susana quien tomó el papel al entrar y ver los pies de su amado Papá colgando del techo cual lámpara de cristal aun tambaleándose debido al último espasmo.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Daltonismo.

Esta noche son diez las mujeres que caen rendidas a sus pies, literalmente sin poder moverse debido a la lluvia de cuchilladas que les cayó inesperadamente por la espalda. Todo era parte de su obsesión con el rojo de la sangre; fracasaba en sus intentos, no lograba ver claramente ese tono que tantos escritores evocaban en sus novelas favoritas, estaba cansado de comprobar por sí mismo que el líquido que salía de sus víctimas no era como todos lo describían. Sólo le quedaba enterrar el cuchillo en su propio estómago para darse cuenta de que incluso él tenía la sangre color café.

Sabía.

Sabía con exactitud cuántos días faltaban para que todo le fuera arrebatado, sabía que el futuro sólo traería inmensa tristeza y agonía desmesurada, sabía que estaba luchando por una causa ya perdida, sabía que la amaba y amaba los momentos a su lado, sabía que su felicidad era ajena, sabía que después de unos cuantos amaneceres vería a lo lejos la silueta masculina fusionada en su totalidad con la misma adorada sombra que vio en el suelo mientras la puerta de su cuarto a duras penas iluminado por la luz de la luna se abría de par en par.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Peón.

Podía ir a cualquier lugar, podía hacer lo que se le viniera en gana, tenía total control sobre su existencia, era un verdadero orgullo ser tan libre. Su pecho se mantuvo hinchado y su mentón en alto hasta el pasado Martes a la hora de la siesta. Cuando despertó de su breve sueño sentía que flotaba, era un escenario límpido y enorme, miró en todas direcciones y creyó reconocerse a lo lejos, trató desesperadamente de acercarse a sí mismo. Entre más próximo estaba de la imagen, más puntos negros aparecían ante sus ojos, se detiene de repente debido a la sorpresa al ver que una mano gigante toma en la distancia al pequeño cuerpo que cree es él para moverlo de una casilla blanca a una negra.

martes, 14 de septiembre de 2010

Empalago.

Con extrema precaución para que no te despertaras y con unos movimientos de un extraño contorsionismo logré dejar la cama tan rápido como fue posible, tanto así que el colchón aun conserva mi forma como si nunca hubiera dejado mi sitio. Corrí porque eso es lo que sé hacer, corrí porque no vi más remedio. Antes de empezar a vomitar las palabras que empezaban a escapar de mi pecho sobre ti, decidí dejarte ahí, congelada, estática en el tiempo, inmóvil y perfecta como siempre fuiste, antes de llenarte de cumplidos que no podrían ni siquiera acercarse a la realidad de tu belleza, definí mi ruta. La melcocha que lucha por salir de lo más profundo de mi no puede tocarte, me alejo del paraíso que encontré mientras las hormigas hacen fiesta y se empalagan a la vez que salen de mi boca, saboreando esa dulzura que tanto odié, comiéndome desde adentro.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Callejón.

Llevaba días sin poder conciliar el sueño, ella vagaba por la ciudad de noche, buscaba respuestas a preguntas que nadie había hecho, rogaba a su dios por un sentido para seguir poniendo un pie delante del otro, reconocía las calles por las que pasaba, leía letreros que evocaban recuerdos de cuando tenía la felicidad en sus manos. De vez en cuando se detenía, miraba al frente y cerraba los ojos con fuerza para abrirlos luego rápidamente esperando ver una silueta, un espejismo, la figura de su portador de alegrías regalándole una sonrisa y ofreciéndole su mano para que se apoyara y siguieran juntos su camino. Pero entre más se esforzaba por conseguir verlo, más sufría al darse cuenta de que él no estaría allí nunca más. Había repetido tantas veces ese ejercicio que sus ojos ya sangraban y la mancha rojiza teñía sus mejillas y se confundía con su labial que estaba ya corrido por el líquido salado que emanaba de su nariz. Era una imagen patética y desesperante, y efectivamente así pensó aquel hombre que la vio por última vez en el oscuro callejón antes de tomar su bolsa y cerrarle los perdidos ojos para siempre.

martes, 31 de agosto de 2010

Adiós.

Diremos entonces adiós al cielo perdido, aquel que nunca tuvimos y ahora dejamos ir, el mismo que aquella madrugada se desprendió y nos mandó un rojo color de hasta pronto. Tú sigues caminando bajo la lluvia cuchillo en mano; mientras yo miro mi reflejo en el pavimento salpicado de escarlata, volteas un segundo para mostrarme la más tierna mirada que jamás vi, la mirada de despedida que dejaría una cicatriz en esa oscura calle bajo un techo carmesí.

Fotografías.

Despreciaba su capacidad de recordar todos los sucesos de su empalagosa vida; toda la niñez de principio a fin, su autoproclamada tormentosa adolescencia y su larga y plana adultez eran ya fotografías guardadas con tremendo detalle en su cabeza. Sin embargo, no siempre odió su condición, hasta hace sólo meses, él se jactaba de ser una esponja parlante, se comparaba con orgullo con un elefante y se burlaba de quienes no eran similares, los veía como seres inferiores que ni siquiera con vidas de ventaja le pondrían cara. Es una broma del destino que ahora desee tanto parecerse a ellos; daría todos sus recuerdos a cambio de olvidar aquella mujer que llegó a su vida para mostrarle que esta venía en colores, que aun tenía mucho por ver, por vivir. Después de que se fue de su lado, el triste sujeto no la deja ir de sus pensamientos, su recuerdo está más vivo que nunca, lo acompaña a donde va, y no hay nada más triste para un hombre que tener a la mujer de sus sueños estática como una imagen en su mente.

sábado, 28 de agosto de 2010

Final infeliz.

Alicia no podía con el remordimiento cada vez que miraba las largas orejas y la cola que se asemejaba a un gran copo de nieve de su pequeño hijo. Lo que lo hacía peor para ella era que todos en el país sabían que su amor estaba realmente con la reina de corazones.

Algo de ti que perdí en algún lugar.

Como una canción fascinante que no debería terminar jamás; así se sintió la última vez que ella estuvo cerca, los delgados hilos de los que pendían sus vidas ya se habían entrelazado anteriormente, tal vez mucho antes de los recuerdos que guardaban. Cuando el tiempo hubo continuado su implacable marcha y los hilos dieron otra vuelta para enredarse un poco más, ellos se dieron cuenta de lo juntos que habían estado siempre. No había duda de que un sentimiento olvidado y empolvado por el pasar de los años seguía más vivo que nunca, nostalgia que fue detonada por miradas al azar, por encuentros inesperados que los llevarían ahora sí, a tener la seguridad y fuerza necesarias para no perder su adorada parte del otro nunca más.

Trago para dos.

Venía de un abrazo cubierto de lágrimas; la sostuvo en sus brazos hasta que ella casi desvaneció. Subió por el elevador, caminó torpemente hasta entrar en su apartamento, llegó a la cocina, sirvió el último trago de su licor preferido en el sucio vaso que acostumbraba usar, dio un sorbo y lanzó la botella vacía contra la pared tumbando consigo otras botellas apiladas que mantenía cuidadosamente en el mesón. Respiro profundo, encendió un cigarro y miró por la ventana, la visión se le hacía borrosa mientras con ardor en su pecho susurraba un adiós al viento.

viernes, 27 de agosto de 2010

Cliché.

Pedro era una persona frágil, no es que se rindiera fácilmente ante la adversidad, ni que dejara que otros pasasen sobre él. No, él era físicamente frágil, había nacido con una extraña condición; cuando su madre dio a luz, los doctores no entendían cómo un niño que estaba compuesto en su mayoría por cristal podía existir. Durante su vida, Pedro fue sometido a miles de exámenes, cada parte de su cuerpo fue minuciosamente estudiada, pero nunca nadie pudo encontrar la causa. Los años pasaron y el hombre se hizo cuidadoso, algunos dirían exagerado en sus cuidados. Tenía miedo, miedo de que su delicada persona se desmoronara en cualquier momento, no salía de casa para nada, todo lo que lo rodeaba estaba envuelto en espuma, la decoración no era importante, lo único que interesaba realmente era no correr ningún riesgo. Su único contacto con el exterior se establecía todas las noches a las ocho y cuarenta cuando se sentaba en su sillón de espuma frente a su computador, lo encendía usando una vara también recubierta para no lastimarse los dedos ni quebrarse una mano, leía las noticias locales y luego lo apagaba para irse a dormir. Pero como buena rutina, no duraría para siempre, Pedro en uno de tantos días que parecían tan faltos de acontecimientos, se sentó en su computador, lo encendió, y mientras leía las noticias locales, un aviso se mostró velozmente en la esquina izquierda de su pantalla, era una foto de una mujer maravillosamente hermosa. Pedro entonces siguió aquella imagen hasta llegar a su fuente, donde estaba la mujer esperándolo para hablar y satisfacerlo en todo lo que él deseara. Sin dudarlo, el enamorado sujeto comenzaría su charla, hablarían por horas. Era una adicción, él, sin conocer nada más hermoso que el rostro de aquella mujer, ya no pensaba en nada más durante sus planos días, buscaba la noche para llegar de nuevo a ella. Que ilusión más enorme! y así mismo, que gigantesco dolor, cuando después de mucho reunir valor, el endeble hombre le propone a la mujer de sus sueños que se case con él, y ella le responde: "Para prolongar la sesión dos horas más, por favor envíe diez dolares a la siguiente dirección...". Un corazón quebrado en mil pedazos, un pecho abierto de par en par, un sillón de espuma atravesado por miles de fragmentos de vidrio, y el suelo como si fuera invierno, cubierto por un brillante manto blanco.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Desde adentro.

De verdad me gustaba mirar dentro de aquel pozo, de niño solía jugar a su alrededor y después de algunos minutos me paraba sobre una escalera que yo mismo hacía con los ladrillos que encontraba cerca. Luego, miraba en ambas direcciones, asegurándome de que no hubiera nadie mirando, me parecía la acción más arriesgada jamás realizada por infante u hombre alguno, me sentía como debe sentirse un superhéroe al borde de un edificio antes de salvar a alguna anciana en peligro. Con el pasar de los años mi pequeña aventura era más como un ritual, lo hacía minuciosamente, calculaba distancias, pesaba los ladrillos e iba acercándome más al centro del pozo, hasta casi meter mi cabeza por completo, el miedo ya casi inexistente no podría retenerme más. A pesar de mi fascinación, la sensación de mirar para dentro del estrecho y oscuro pozo no es nada comparada con la felicidad total que siento cada vez que miro la cabeza de mi amada todos los días asomar desde el mismo sitio en el que me paraba yo hace unos años.

martes, 24 de agosto de 2010

Abrazo.

Se para de la cama con una delicadeza otorgada sólo a la realeza, camina despacio y un poco tambaleante hacia la cocina, se para enfrente del mesón, toma su taza favorita, la adornada con flores color naranja, sirve su café con una precisión mecánica hasta dejar la mitad de la taza llena. Toma un trago mientras contempla los edificios cercanos desde su ventana, ve pasar gente y autos, los mira desde las alturas con envidia, quisiera estar allá, vivir una vida; no siente tenerla, se le va su juventud sin darle tregua. Recorre su pequeña casa hasta el baño, se mira en el espejo de medio cuerpo que cuelga de la pared, se acerca, detalla su cara en busca de algo nuevo, encuentra pliegues que no había visto antes, un tono grisáceo se empieza a apoderar de su techo, como pinceladas de un loco con un pincel que ataca un lienzo, así sentía que era su cuerpo, así se veía ella y a su vida. Quisiera tomar al mundo por sorpresa, y es exactamente lo que hace cuando en un arranque de libertad corre al balcón y se lanza a la ciudad que tanto quiso abrazar.

lunes, 23 de agosto de 2010

Aprietos.

Arrancar pedazos de corazón era su habilidad, un total experto en remover quirúrgicamente cualquier rastro de sentimiento que lo mostrara vulnerable, sencillamente se deshacía de estos evitando mirar atrás y convenciéndose de que el amor era algo simple. Sentía orgullo de sí mismo, veía como algo natural en él dar un paso adelante y mostrarse fuerte ante todo. Y lo lograba, o al menos lo logró por bastante tiempo, lo suficiente para ser considerado "una vida entera", bueno, lo de entera ya puede ser tachado de la lista, ahora es más bien: "toda la vida antes de ella". Cuando la vio por primera vez no llegó a imaginarse que su fórmula mágica para convertirse en piedra se acabaría, tampoco pensó que un desespero y ansiedad enormes se apoderarían de él tan pronto bajara la guardia. Ese molesto calor en el pecho y ese frío en sus manos, parecían ser síntomas de alguna enfermedad desconocida, no se iban, lo acompañaban durante el día y se intensificaban en las noches, por primera vez alguien lograba meter una mano y atrapar su alma; estaba entonces agarrado con fuerza por una entidad que ni siquiera era consciente de estar ahí, que ni siquiera deseaba estar ahí. Cuando, después del tercer amanecer abrió los ojos, notó que todo lo que sentía, la debilidad y los odiosos síntomas habían sido creados sólo por su inmensa imaginación, trató desaforadamente de zafarse de aquella llave con la que lo apretaban, trató más y más fuerte, trató con toda la fuerza que tenía, hasta al fin conseguir que la mano le dejara ir. Ahora ya no sabía ni como se sentía; claro, es entendible cuando miras la mano que ahora lejos, sigue apretando ese mismo corazón.

sábado, 21 de agosto de 2010

Valor.

Mientras la miraba, sólo pensaba en decirle las mil cosas que ella le hacía sentir. Su pecho se inflaba con un constante sonsonete abrumador que le llegaba hasta la frente, sentía como palpitaba todo su ser, no iba a ser capaz pero también sentía que no podría contenerlo más. Al final, toma los pocos huevos que tiene y empieza por abrir su boca para ponerle fin a su ritmico pero agobiante vivir. Trata de decir las palabras que en su cabeza suenan coherentes, y lo que consigue es que las letras se le amotinen en la boca, la llenan y se le empiezan a caer una tras otra las consonantes y vocales, finalmente no dice nada, al menos nada entendible. Ella lo mira desde el banco en el que está sentada cual princesa de cuento y con su ceja le indica que es hora de irse por donde llegó.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Terapia.

Todo empezó como un simple pasatiempo, me quedaba atontado viéndola pasar todos los días por el frente de mi casa. Ella recorría de norte a sur la cuadra, siempre a la misma hora. Yo me levantaba a las ocho treinta de la mañana, servía mi café y me sentaba a la ventana, esperando verla llegar, prendía mi cigarrillo y simplemente me dejaba llevar por mi imaginación, pensaba hacia donde se dirigía, con quien hablaría, y que cosas podrían esperarle allá afuera. Al pasar las semanas, mi pasatiempo terminó por convertirse en mi único pensamiento, ahora me sentaba desde las seis de la mañana, tan pronto me paraba de la cama como un tiro, corría a la ventana, sin café, sin cigarro. Ella pasaba siempre a las nueve menos cuarto de la mañana, casi siempre corriendo, como si fuera siempre tarde para algo importante. Los tres segundos que alcanzaba a verla caminar, para mi transcurrían en camara lenta, miraba detenidamente, como tratando de memorizarla para tenerla siempre conmigo; incluso llegué a aprenderme su guardarropas.
Hoy es lunes, así que sin duda tendrá puesta la blusa de color morado y los pantalones negros que hacen juego con sus tacones. Seguro lleva el pelo a medio recoger, y los mismos tres libros abrazados. Hoy la miraré con otros ojos. Sé para donde va, con quien hablará y qué le espera en su día. Este día por fin tengo una cita con ella. La veré en su consultorio quince minutos pasadas las cuatro de la tarde, me sentaré en su diván y hablaré de mí en la sesión de terapia para curar mis obsesiones.

viernes, 13 de agosto de 2010

Inconsciente.

Antes de abrir los ojos puede sentir un fuerte viento pasar por su cabeza, es relajante, bueno, lo sería en otra circunstancia. Cuando logra reaccionar y alza su mirada, lo que ve le resulta espeluznante, el increible panorama de una ciudad, edificios a medio alzarse por doquier, casas diminutas, nadie a su alrededor. Grita por ayuda, invoca a su dios para que venga al rescate, nada funciona. El sujeto trata de dar media vuelta pero le es imposible, se da cuenta que está parado sobre la corniza de uno de tantos edificios, aunque este le resulta familiar, sabe que solía trabajar allí. No alcanza a comprender nada, el desespero entonces recorre su mente, su cuerpo cada vez parece responder menos, no hay salida, sus piernas flaquean y el hombre comienza su acelerado descenso, lo único que logra hacer es llevar su mano a un bolsillo, siente algo allí así que lo saca. La última visión es la de un frasco con medicina dentro, la etiqueta lee: "Tomar cada seis horas para evitar cambios repentinos de personalidad".

sábado, 7 de agosto de 2010

En el '45

Irónico que el hombre más conservador de la ciudad leyera la palabra 'Gay' escrita en el metal del avión que recorría su cielo justo en el momento previo a la explosión.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Total calma.

No paraba de hablar ni un segundo, era siempre sermón tras sermón, sus palabras ya no tenían la bella armonía del idioma, eran una bulla inaguantable. Yo, sentado frente al comedor, la escuchaba todas la mañanas mientras ella arreglaba la casa. Cada vez se hacía más difícil la vida a su lado, correr y dejarla ahí parada, sola, alegando, era mi pensamiento más recurrente. Hoy en particular la soporto menos de lo normal, mi paciencia llegó a su límite, ella continua su incesante alegato y al mismo tiempo ante mis ojos, se hace cada vez más pequeña, hasta llegar al punto en que la veo diminuta, su voz ya se oye como un viejo LP sonando a 45 RPM, entonces la tomo por su pequeña cabeza, a duras penas alcanzo a percibir el dolor en su cara, me mira desconcertada y yo, siento un enorme alivio mientras la sumerjo en mi plato de cereal.

viernes, 30 de julio de 2010

De raíz.

Un hombre había perdido su brazo derecho unos meses atrás. Después del accidente, él se sentía como el ser más inútil del mundo, era terriblemente torpe con su brazo izquierdo, parecía no poder hacer nada con él, bueno, no todo, ya que su miembro presente, inconscientemente acariciaba el espacio vacío en el costado derecho del hombre, como extrañando algo de vital importancia. El pobre brazo izquierdo luchaba constantemente para satisfacer las necesidades de su dueño, pero nunca era suficiente, la verdad era que, por más que luchara, jamás lo conseguiría, al menos no mientras recordara con tanta tristeza y nostalgia a su querido par derecho. Izquierdo sufría tanto que con frecuencia, el ojo del mismo lado del hombre soltaba lágrimas sin pedir permiso. Ojo cómplice, también se entristecía por su amigo extremidad. Éste no estaba más y seguramente no estaría jamás. Pero siguió la vida su curso, el hombre aprendió a vérselas sólo con su brazo izquierdo, ahora era hábil en todas las acciones en las que antes fracasaba, ya casi ni sentía la ausencia de su otro miembro. Izquierdo entonces, se sentía orgulloso de si mismo, supo que podía ser el protagonista de la historia y que en ese momento, tal vez si Derecho lo viera, estaría orgulloso también. Sin embargo, un día el hombre decidió llenar el vacío dejado por Derecho con un brazo artificial, recomendado por el mejor doctor del lugar, era la última maravilla en el mercado. Izquierdo decepcionado, sintió que había desperdiciado sus esfuerzos, que nada había servido realmente, que no sería apreciado y que nadie estaba orgulloso de él. Así que, desde ese día, el ahora llamado Siniestro, empezó a cambiar de color, y poco tiempo después, cayó al suelo, desprendiéndose de su raíz, y muriendo de tristeza.

Camino.

Mientras tambaleaba su camino a casa, él sólo miraba el piso, no tenía la voluntad para poner la frente en alto, su cuerpo no respondía, simplemente era presa de su instinto, volver al lugar del que salió varias noches atrás era lo único que lo hacía moverse. No sentía nada, no podía sentir, no sabía por qué, aunque de verdad quería poder hacerlo, su corazón estaba apagado, cada paso que daba le hacía perder más su ternura, ya casi no era humano. Cuando aun le faltaba mucho camino por recorrer, notó que alguien venía caminando en su dirección, era la mujer más hermosa que cualquier hombre hubiera visto jamás, ningún escultor podría tan siquiera reproducir un ápice de su belleza, el hombre tuvo que detenerse un instante, tal perfección lo hizo olvidar su camino, únicamente se sonrojó, pensó en hablarle, decirle que la amaba por hacerlo salir de su oscilante mundo, pero sólo lo pensó. De nuevo no tuvo el valor, la vio pasar, ella no alcanzó a percibir la presencia del maravillado sujeto, como una ventisca de la tarde, la mujer siguió su camino para después encontrarse con alguien más en la esquina siguiente, tomó su mano y caminó con él de ahí en adelante.

Después de tomar aire y maldecir su cobardía, el auto proclamado torpe continuó por su ruta, buscando quién sabe qué en dios sabe dónde. Caminaría por muchos días y noches, sin detenerse, pero eso sí, siempre atropellado, perdido en su hueco mundo. Ahora ya llevaba una larga barba, su pelo también había crecido y así su tristeza. No le importaba su apariencia, él estaba decidido a llegar a algún lugar, al lugar de sus sueños. Un día, mientras cruzaba una calle, algo lo detuvo, de nuevo una imagen celestial que lo llevó al pasado, que le removió su ya diminuto corazón, era ella, la mujer que había visto largo tiempo atrás, seguía de la mano con aquel sujeto, era un cuadro similar al de la primera vez, aunque, algo cambió, ella sintió que la miraban desde lejos, buscó con sus ojos quién era el de la fuerte y fija mirada, y se encontró con algo que no esperaba, un hombre que se veía insignificante a primera vista, pero que al mirarlo a los ojos, tenía la determinación de un ejército. Ella también quedó fascinada con él, soltó la mano del sujeto que la acompañaba y vino para evitar que el hombre que la observaba cayera de fatiga, le sirvió de muletas, lo ayudó a ponerse de pie nuevamente, y caminó con él.

Ninguno de los dos llegó a pensar que alguien más pudiera hacerlos tan felices, de verdad lo eran, sentían que vivían en el mismísimo cielo, eran uno solo, se amaron con locura y pasión, compartieron su vida. Ella, hermosa como nadie, armó un corazón con fuerte hilo y la más linda tela, lo rellenó con toda la luz que podía dar y se lo regaló; él, que no sabía ser feliz, no pudo mostrar la felicidad que sentía al tenerla cerca, sólo prometió amarla por el resto de su vida, sin importar nada más.

Pero, nada dura para siempre, y esta ley universal los tomó por sorpresa, cuando el camino se hizo pedregoso, y fue más difícil continuar, soltaron sus manos, ella ya no veía en su amado la luz que le había regalado, y él no quería arrastrar al amor de su vida al lugar de pesadilla al que llegaría. Ella entonces se sentó junto al estrecho pasaje para que él siguiera en solitario. Cuando hubo caminado por más días y noches de las que hubiera querido contar, el hombre no soportó más, abrió su pecho y sacó el corazón de fuerte hilo y la más linda tela; lo encontró roído, y la luz que tenía dentro, se perdía rápidamente, se ponía negra. Estando hastiado de vivir medio muerto y al no soportar más la idea de no tener cerca a su amor, el muy torpe dio media vuelta y corrió desesperado a buscarla. Pero, como buen torpe que era, tenía muy buena suerte, y ella seguía allí, esperando entender, tal vez aun esperando por él. Cuando logró pasar por el rocoso camino, el hombre dio un brinco y cayó justo enfrente de la mujer, la miró a los ojos, tomó sus manos, y le recordó la promesa que le había hecho mientras ella le ponía el corazón que le hizo con tanta luz. La más maravillosa sonrisa se dibujó en el rostro de la mujer, sentía de nuevo alegría pura, y él bajo su barba, sonreía por primera vez frente a ella, que a pesar de todo lo que pasó, seguía tan preciosa como siempre, tanto, que ningún escritor, por más palabras que utilice, podría tan siquiera describir un ápice de su belleza.

Gajes del oficio.

La deseaba, de verdad la quería poseer, era todo en cuanto podía pensar al mirarla, y al no hacerlo también. Estaba obsesionado con la idea de tenerla en su cama; pero se le acababa la noche y no poseía el valor de invitarla a un trago, menos de acercarse a ella. Se pasó el resto de la madrugada pensando en qué hacer, al final se quedó frío al ver como se ponía de pie para abandonar el sitio, por fortuna ambos conocían el código, ella le guiñó el ojo izquierdo justo antes de perderse en la muchedumbre de la salida, él entendió todo perfectamente, se verían en casa después de las seis, como todos los viernes en los que ella salía a trabajar; un poco antes de que los niños despertaran y un poco después de que el café estuviera listo.

Drama.

Se empeñaba en hacer de su vida un drama, le gustaban las telenovelas hasta el punto de querer vivir una, luchaba contra la simplicidad de las cosas. Incluso decidir qué desayunar, era complicado para ella. Cada oportunidad que se le presentaba, la usaba para crear su culebrón, al mejor estilo venezolano. Pero lo que más ansiaba era que alguien escribiera sobre ella, que plasmara en un papel todas las emociones que soportaba a diario, esa vida tan dura que debía soportar; nunca encontró la persona precisa para realizar su anhelo, en todos los hombres detectaba algún problema, pero eso sí, todos le gustaban. De manera que, para magnificar su ya enorme drama imaginario, se mantenía en la búsqueda de su príncipe azul, él, se suponía, traería consigo todas las alegrías que tan esquivas se le hacían a la damisela. El problema fue que en su novelón, nunca consideró vivir. La pobre se pasó la vida esperando ver llegar la brillante armadura y el magnífico corcel; llorando por su suerte, sentada en el sillón de la sala, sosteniendo el álbum de fotos que nunca llenó.

Loop.

Las nubes se ven bastante emocionadas, están moviéndose más de lo normal, parece que ya pronto llegará la tormenta. Es terriblemente aburridor estar aquí, pero a la vez es increíblemente cómodo; creo que eso define mi vida, no puedo quejarme más de lo que ya lo he hecho, y al final creo que viví bien, hice lo que quise, lo malo es que quise hacer nada, excepto fumar, ese fue mi verdadero placer.

Ya el algodón del cielo empieza a verse gris, el sol si apenas alcanza notarse, como entre lineas, su luz llega y toca este lugar, así debe verse cuando dios habla personalmente contigo, al menos, esa es la imagen que tengo de él. Hmph! ahora hablo de dios como si fuéramos viejos conocidos; realmente después de lanzarme al mundo, lo único que oí de su paradero, es que estaba en todos lados, pero nunca logré verlo, menudo padre el que me tocó.

Ahora estará feliz, este es mi último cigarrillo, aun sigo aquí viendo las nubes que se tornan negras al pasar sobre mi, ya casi no queda luz, ojalá estas gotas que caen no apaguen mi tabaco, fumar es lo poco que me queda por hacer. Ahora que lo pienso, alguien debió decirme antes que no era buena idea pasar por ese túnel, lo hice sin dudar, bueno, ya no importa, ahora todo el tiempo es lo mismo; lo aburrido que se hace cómodo; las nubes traen la lluvia; y mi último cigarrillo termina por apagarse justo antes de que en el paraíso todo comience de nuevo.

Voces.

Te molesta que te mire desde este lugar, desde las sombras que cubren mi cuerpo; a pesar de eso, mis ojos brillan en tonos de rojo y eso te parece odioso. Me detestas con todo el poder de la palabrería justiciera que te tragaste desde niño. Quieres que me vaya de aquí tan rápido como sea posible; no te preocupes, ya no estaré cerca para hostigarte, de todas formas, tú ya casi terminaste el trabajo. ¡Mirame bien a la cara cuando te hablo! observa fijamente el rostro maltrecho, examina cada detalle; la mandíbula desencajada; la nariz deshecha; los pómulos hundidos; pero más que nada, contempla, y no olvides jamás el odio que con el que te ves en el espejo de este sucio baño antes de apretar el gatillo.

Confesión.

Recuerdo claramente que me senté en la parte más oscura del pequeño bar, de verdad disfrutaba pasar un rato allí, venía cada vez que podía, siempre era igual, me acomodaba, tiraba mi cabeza hacia atrás y en ese mismo momento, como calculado, llegaba el mesero con el vaso de whisky, sin hielo eso sí, porque no hay nada más detestable que un trago aguado, tomaba el vaso, lo acercaba a mi cara y aspiraba profundamente, sólo para relajarme un poco; pero esa anoche fue diferente, después de sentarme, y mientras me disponía a tirar mi cabeza hacia atrás, escuché su voz. Era la voz más hermosa que jamás había oído en toda mi vida, el sonido venía de la tarima improvisada que habían puesto recientemente en el pub, no pude evitar mirar hacia ese lugar, y entonces la vi, estaba de pie frente a todos, se veía tímida, sus ojos no parecían enfocar a nadie ni a nada, cantaba una canción casi tan bella como su cara; quedé embelesado.
Tan pronto hubo terminado de cantar, me acerqué como pude, me paré frente a ella y tartajeando le pedí que se casara conmigo, que sabía que no encontraría jamás una mujer como ella, sentía que estábamos destinados a amarnos por siempre. Ella me miró de pies a cabeza, y de pronto, su cara se iluminó, se le dibujó una sonrisa, y me dijo que me esperaba en su cuarto de hotel esa misma noche más tarde.
Me sentía ansioso, quería que el reloj moviera sus manecillas más rápido, me quedé en el bar y seguí bebiendo, ya no podía controlar el temblor en mi cuerpo, sólo necesitaba verla de nuevo. Al fin las horas pasaron, fui al baño, me lavé la cara a duras penas, y salí corriendo a su cuarto, hice lo posible para permanecer derecho y no caerme, llamé a la puerta y para mi sorpresa se abrió sola, escuché su voz que me invitaba a pasar, tomé aire, di dos pasos dentro del lugar, y la vi, con su larga cabellera en la mano derecha, sólo vestía una falda, ni sujetador llevaba, no lo necesitaba. Se imaginará entonces mi cara al ver semejante fenómeno frente a mí, era un espanto ver a mi futura esposa hecha todo un hombre!.
Y por eso hoy pedí que lo llamaran, para contarle a alguien lo que pasó la noche en la que me encerraron aquí, esa noche padre, fue mi sentencia de muerte, por haber pintado las paredes de color rojo.

A quien le calce.

"El príncipe se casará con la mujer a la que le calce perfectamente la zapatilla de cristal encontrada en palacio anoche después del baile. ¡Señoritas, estén pendientes de la visita a sus casas de su majestad en persona!". El letrero se repetía por todo el pueblo, y por supuesto las mujeres enloquecían al pensar que la dichosa zapatilla podía llevarlas directo a la realeza, y no sólo eso, el joven era deseado en el reino, e incluso en reinos vecinos, era realmente apuesto.

A pesar de la muchedumbre que lo seguía a todos lados, el príncipe seguía su recorrido por el pueblo, empecinado en encontrar a la mujer de su vida, aquella que lo hizo soñar con hijos futuros, y con al fin, tomar las riendas del reino. Era un cuadro extraño, el joven de verdad nunca pensó en seguir los consejos de su padre, no se preparaba para ser rey, él quería ser un vago de profesión; se dormía en las clases de historia; jugaba con los pequeños soldados y los cañones de madera del cuarto de estrategias; solo le importaba no envejecer sentado en el frio trono, si alguna vez llegaba a posarse allí, era para burlarse del tono mandón del viejo, no estaba dispuesto a repetir la historia.

Ahora se creía loco, no podía entender como una mujer lo llevaba a tan siquiera imaginar su vida emulando una que tanto repudiaba. Cada paso que daba, lo llevaba más cerca del pie que decidiría su camino, sentía que si la encontraba, viviría feliz para siempre, pero también sentía miedo de tan odiosa condena.

Sólo quedaba una casa por revisar, ya la zapatilla había perdido brillo, estaba pegajosa, el príncipe había perdido la cuenta de los pies que la habían tocado durante el día. La noche llegaba y todo el pueblo se impacientaba, querían ya conocer a la futura reina, era seguramente una mujer hermosa. Su majestad toca el aldabón, y tarda más en soltarlo, que la puerta en abrirse, lo saludan tres mujeres bastante desagradables, a lo que el príncipe traga saliva y mira al suelo, se pone de rodillas y empieza a probar la zapatilla en cada una de ellas, ninguna es la indicada.

El joven, creyéndose ya libre, da media vuelta, cuando de las sombras se oye una voz que le suena familiar, alguien desde dentro de la casa le dice que aun no se ha probado la zapatilla, él voltea con una media sonrisa en su rostro, se adentra en la sombría casa, de nuevo se pone de rodillas y prueba la zapatilla. Como por arte de magia, calza perfectamente en los pies de la señorita, que no esconde su felicidad y comienza a saltar y bailar por todo el lugar. El príncipe se queda congelado, no puede creer que la haya encontrado, y mucho menos puede creer que la mujer que ha estado buscando todo el día sea tan espantosa. Logra verle la cara a la luz de la luna mientras revolotea. Su majestad está asqueado, sólo le queda escapar de ahí tan pronto como sea posible, no se casará, no tendrá hijos, nació para ser vago y desde ese día jura no volver a beber ni una gota del licor que ofrecen en palacio.

Abandono.

La contemplaba casi sin descanso, la miraba como si fuera una aparición divina, creía que había nacido sólo para amarla, no sabía hacer más, no escuchaba razones, no se imaginaba la vida sin tenerla cerca. 

Ella siempre hermosa, estática, con su mirada fija en él, estaba ahí para complacerlo, no podía hacer más, el tiempo apenas si le dejaba huella.

Pero su amor, aunque pasó por mil pruebas de fuego, no fue duradero; los acompañó hasta el día en el que él cumplió 20 años. Ese día, mientras caminaba hacia el tarro de basura, pensaba en que ahora era todo un adulto, al fin le daba la razón a su mamá, estaba ya muy viejo para tener un afiche de una modelo semi desnuda colgado en una de las paredes de su cuarto.

Tos escarlata.

"Nos vamos juntos!" gritaba mientras corría desbaratado un hombrecito si apenas de tamaño adulto. Con su corbata de dos pesos, llevaba una sonrisa que reflejaba la más pura felicidad. Las calles para él eran un arco iris, los edificios le parecían hechos de nube, y ese maravilloso sol que lo esperaba al final de la cuadra, era la mujer de su vida. 

Ella, parada en el portón de la casa, tenía un vestido corto que invitaba a la lujuria, pelo negro que se movía en ondas por su espalda, mirada perdida en sus uñas largas y rojas que contaban el dinero que el hombre frente a ella acababa de darle. Mientras aquel sujeto terminaba de acomodar sus pantalones, el hombrecito contemplaba la escena a la distancia, creyó morir de tristeza, sintió un golpe directo en su pecho, no pronunció palabra alguna, dió media vuelta como pudo, nunca lo vió venir.
Ante sus ojos pasaron mil imágenes, cada una más dolorosa que la anterior, en todas aparecía ella; las vueltas por el parque, las comidas juntos, la alegría de verla cada mañana, el calor de sus abrazos...

El hombrecito entonces, no pudo parar de toser, la sangre recorría sus manos, él trataba de detenerla pero era más de lo que podía controlar, escupía su corazón a pedazos mientras balbuceaba:

- Venía a decirte que no tienes que buscar un trabajo, hoy me gané la lotería, mamá...

Alas rotas.

Siempre quise conocer el cielo, lo miraba desde mi ventana y de verdad me fascinaba. Podía pasar horas enteras contemplando su majestuosidad. Era tan lejano, tan claro, tan infinito...
Nadie sabía de mi admiración por aquel azul, así que a nadie le contaba acerca de mis lecturas sobre él en la biblioteca. Me consumía totalmente el entender por qué no podía alcanzarlo; se me iba la vida buscando una solución, una forma de llegar a él, de tenerlo a mi alrededor. De ahí que el día en el que ese ángel vino por mí para llevarme a lo que él llamaba 'el otro lado', encontré la solución a mi problema; tomé su cuello con ambas manos hasta que un chasquido me indicó que no pelearía más, arranqué sus alas con mis manos y las enterré en mi espalda.

Despertar.

Solamente la idea de dormir lo hacia soñar, era tanto el anhelo que sentía por poder probar ese placer, que transformaba su mundo alrededor para que pareciera una gran y confortable cama; el suelo se lo imaginaba hecho del algodón más fino, el mugriento taburete mutaba de repente en su almohada de plumas. Siempre era la misma imagen, hasta que sentía una mano cálida recorrer su espalda y tomar control; solamente la idea de ser el muñeco de un vejete parlanchín lo hacía despertar.

Di que sí

Siempre necesité aprobación de otros, por eso te tengo bien atornillado al tablero de mi taxi.

Materia prima.

El niño había nacido con los ojos cuadrados, nadie realmente entendía el por qué, en la escuela todos se burlaban de él, señalaban sus ángulos perfectos mientras le gritaban que se fuera a clase de geometría. El pobre niño de ojos cuadrados pasaba horas mirándose al espejo, odiándose profundamente por no parecerse a los demás.

Pero como siempre pasa, un día llegó trayendo la verdad; el niño caminaba por la calle y de pronto pasa un camión, corriendo, casi que volando. El pequeño no alcanza a sentir que tal monstruo ya estaba encima suyo. Niño de ojos cuadrados sale disparado cual proyectil, se estrella contra un poste de luz y cae, al levantarse se da cuenta que le falta su brazo izquierdo, mira alrededor y lo ve a sus pies, lo recoge e inmediatamente recuerda sus juegos en la caja de arena del colegio, cuando creaba castillos. Como por instinto lleva su brazo hacia su hombro y lo encaja perfectamente. Finalmente entiende lo que pasa cuando a dios se le acaban la carne y los huesos para crear, y usa fichas de lego.

Caso familiar.

En casa siempre me sentí como si tuviera ocho años, nunca me otorgaron la palabra ni tomaron en cuenta mi voto para ninguna decisión, era entretenido a veces; podía correr por el caserón, golpear cabezas o tumbar jarrones sin temer repercusiones posteriores; no me pedían dinero, mi trabajo era un pasatiempo ante sus ojos. Era fácil sentirme como Oscar Matzerath en el Tambor de Hojalata, no crecía para ellos, y para mi, era natural asumir ese papel. Nadie me culpaba por no llevar regalos en los cumpleaños, nadie esperaba nada de mi, por eso también los odiaba, odiaba sus rostros complacientes y amables, quería de verdad ser el protagonista por una vez en mi vida. Por eso, cuando todos reunidos preguntaron quién pudo haberle causado una dolorosa muerte al viejo tío-abuelo, usando el cuchillo de la cocina, yo me levanté para gritar que había sido yo.

jueves, 29 de julio de 2010

Opacidad. (Relato Ajeno)

“Desde el principio ambos soñaron…” narraba lentamente el caballero a blanco y negro, hablaba desordenadamente de otros mundos y otras gentes, carraspeaba anécdotas sobre una princesa que ahora –imaginaba- debía estar tan vieja como él, deshecha en los trajines del tiempo. “Habrá perdido sus colores!” decía. “No pueden durarle tanto, tal vez si la tuviera ahora y estuviera más opaca pueda verla un poco mejor, sin tanto reflejo. Sin ese colorido deslumbrante -tan molesto!- quizás si voy y la busco y esté un poco más mustia, un tanto más seca, algo más fría, tan sólo un poquito más muerta…. Si es así, ahora sí pueda amarla, y ella a cambio, ame mis pobres tonos…”. Trás repetir esas palabras, el caballero a blanco y negro nuevamente caía dormido, ahogándose en los sorbos de un licor amargo y rancio mientras prometía como tantas otras veces que en cualquier momento vestiría su antigua armadura e iría por ella.

“…tan sólo un poquito más muerta…”.

Cielo color madera.

Tenía tantas ganas de salir corriendo de ese lugar, pero me era imposible, la norma lo prohíbe, todos allí me mirarían de mala manera, murmurarían insultos, les parecería una verdadera grosería que los dejara en su reunión tan esperada, ya era suficiente con el terrible café. Pero entre quienes estaban allí quien realmente llamaba mi atención, era mi esposa. Se veía hermosa esa noche, tenía puesto el vestido negro con pequeños puntos blancos que le regaló su hermana para navidad. El vestido de verdad hacía notar su silueta perfectamente, me comían las ganas por abalanzarme sobre ella y calmar mis ansias como el animal que siempre fui; lo que realmente me contuvo fue ver sus lágrimas, lloraba con real tristeza, se acercó a mi, me dio un tierno beso en la frente y bajó la tapa del ataúd color madera.

Intimidad.

La pantalla lo miraba con detenimiento, ella cambiaba su aspecto para mostrarle todo lo que él quería ver, se vestía de colores, luego se los quitaba, le mostraba letras para llamar su atención, pensaba que al obligarlo a leer, él la consideraría de verdad interesante. 
Él se sentaba frente a su pantalla todos los días, ella era su más fiel compañera, la conocía, la cuidaba, limpiaba sus rincones. Pero esa unión, nada nada tenía que ver con el amor; ni la obsesión de la pantalla hacia el joven, ni la desaforada locura con la que él venía cada día a acariciarla; lo que los unía era la necesidad de ambos de jamás quedarse solos.

Ritual de despedida.

Fue en sólo un día, en el que ella vivió todo lo que le quedaba por vivir. Se entregó sin hesitación a sus antojos más carnales, después de ver aquel hombre caminar, supo que debía hacerlo suyo; lo siguió hasta su trabajo, esperó a que saliera para abordarlo directamente con la imprudencia que se la comía desde adentro. Le dijo que lo deseaba, que necesitaba tenerlo y pensó en cuanto ansiaba que llegara ese momento: lo decidió desde el día en que él le mostró su espalda al marcharse veinte años atrás. Él la abrazó y la llevó al lugar que solía frecuentar con sus otras amantes, las conquistas del pasado, que ahora eran simples recuerdos borrosos de personas que jamás volvió a ver. Allí se entregaron a sus pasiones, no midieron tiempo ni trataron de calmar sus quejidos, que al llegar la mañana, se convirtieron en un solo grito que ahogó la lujuria. Él, con un cuchillo clavado en su pecho, agonizante la veía abandonar el cuarto, la espalda de una mujer que mientras seducía el suelo con sus tacones, lo miraba de reojo y murmuraba, adiós papá.

Inspiración.

Hacía tiempo ya desde que dejó su casa para tomar la botella. La gente a su alrededor le mandaba insultos con su mirada, aunque, algunos pocos mostraban tristeza al reconocer detrás de su largo y sucio pelo al hombre que una vez fue. Respiraba cada vez más hondo mientras recordaba rostros y situaciones, quienes ahora lo juzgan, antes eran sus clientes; solían llevar sus zapatos a la vieja casa amarilla de la esquina para que él, con su botella, pegara las suelas de sus zapatos.

Sueños.

Desde el principio ambos soñaron, vieron el futuro juntos, futuro de colores para el hombre en blanco y negro, futuro de emociones para la princesa encerrada en el castillo, lo vivieron todo juntos. Pero el miedo que jamás se separó de su lado, al fin logró encontrar debilidad en sus decisiones, y en un parpadeo confabuló en su contra, los llevó a la guerra, los llevó a matar sueños de mañana, los llevó a temerse a ellos mismos.

Ambos amaban, y creyeron amarse con todas las fuerzas que tenían, pero jamás fue suficiente, nunca pudieron sentir de nuevo la felicidad que vieron cuando eran niños y apenas si caminaban, aquella felicidad que reflejaron en el otro y que los abandonó el día que el miedo llegó.

El hombre a blanco y negro despierta y la princesa encerrada en el castillo lo hace también. Despiertan en su realidad; él en su celda y ella en su castillo, todo lo que vieron no fue más que un sueño de libertad, nada fue real, excepto tal vez, el arcoiris en la ventana del hombre y la llave del castillo en la mesita de noche de la princesa.

Él nunca quiso un cuento de hadas y ella siempre amó los colores...

Gritos.

Darle el toque final a un pastel era algo que dominaba con tremenda habilidad, sabía exactamente cuanta crema poner, cuantas cerezas debían decorar cada nivel, pero esta vez parecía más hábil de lo normal, trabajaba con mayor diligencia y exactitud. Sentía que debía terminar pronto, los comensales ya esperaban afanosos; se oían los gritos desde afuera, eran molestos, como los constantes reclamos de una vieja mujer en las mañanas repitiendo que el país no mejora y que el café está listo, mientras el chef sólo esperaba qué la que ayer le gritaba, hoy fuera un delicioso pastel de bodas.

Viento entredientes.

Sentado en el viejo escritorio que le había costado sólo un par de centavos años atrás y que era su única posesión, el hombre pensaba en escribir mientras silbaba la tonada de ocho notas que le estremecía por dentro y removía sus recuerdos más dulces, esos recuerdos que odiaba profundamente, los que lo hacían sentir la persona más débil del mundo, los que trató de desechar al escribir sobre ellos.

Es tarde ya, ciento cincuenta años han pasado pero ni un solo día en el que no la recuerde, la mujer que decidió dejar sólo por no ser lo suficientemente valiente como para verla morir, ahora que es él quien espera sentado mientras llega su final, contempla el techo irregular del cuarto en el que duerme desde hace décadas, cubierto de telarañas y mugre, tal y como su corazón, sin deseos de limpiar los pecados; anciano expectante, desesperado, pero que jamás dejó de amar su vida como humano al lado de la mujer de sus pesadillas, quien lo acompañó hasta el preciso momento en el que el lápiz cayó de su mano y sus ojos se cerraron para no ver aquel techo ni silbar esa tonada nunca más.

Estado de amor y confianza.

Había perdido mi fé en ti, había dejado que la podredumbre en tu interior y la oscuridad de tu futuro me consumieran y me llenaran de rabia; quería dejarte atrás, tanto como se quiere dejar atrás a un error grave pero involuntario, nunca tuve la culpa de ser tuyo; nunca dejaría de serlo. 

El tiempo pasa y los segundos son cañonazos, los minutos cuchilladas y las horas son la morbosa muerte, los días son tus engaños y los meses son tu gente; llegaste, y con dulces palabras trataste de hacerme creer que podías cambiar, que la vida contigo podría ser diferente, traté de verlo contigo y logré echarle un ojo a un futuro mejor para ambos; pero como un dios castigador que se infla en su ego y propia ambición al ver sufrir a sus fieles, tú me quitas de nuevo la esperanza y me muestras tus tonos más oscuros.

De nuevo no hay más allá, de nuevo quisiera tan solo, poder dejarte ir y que al fin, me dejes tu a mi.